Javier M. Iguíñiz: “Algo que Euskadi puede aportar es su experiencia en la descentralización”

El economista vasco-peruano Javier Iguíñiz participó ayer en un seminario sobre cooperación organizado por Sabino Arana Fundazioa.

BILBAO – Javier Iguíñiz (Lesaka, 1945) concluye que “si el progreso de un país consiste en reducir las diferencias económicas entre sus ciudadanos, habría que reconocer que en Perú no ha habido un progreso significativo, porque a pesar de que la pobreza se reduce, las brechas sociales y entre las regiones siguen siendo muy grandes”. El economista vasco-peruano, que también estudió Ingeniería eléctrica -“porque mi abuelo era electricista en Irun y por un tiempo quise seguir la ruta familiar”-, debatió en Bilbao sobre los modelos de cooperación para el desarrollo.

¿Qué se puede hacer desde Euskadi para colaborar con Perú?

-Un error habitual en la cooperación es llevar la visión fundacional de quien la financia e intentar imponerla para luego rendir cuentas en casa. Creo que en Perú estamos en una etapa que, en la parte técnica de la cooperación, exige hacer las cosas con más calidad. Ahora la cooperación debe aportar originalidad, calidad, creatividad…

¿Y con qué elementos cree que podemos contribuir?

-Una de las cosas que esta tierra puede aportar es una experiencia en el campo de la autonomía, la descentralización y el trato entre distintos niveles de gobierno. En Perú estamos en un proceso muy interesante de descentralización y aprendizaje, porque grandes capas de la sociedad peruana que emergen desde el mundo rural están asumiendo responsabilidades de gobierno, responsabilidades empresariales… La presencia de personas que unas décadas atrás apenas eran tenidas en cuenta o consideradas agentes de su propio destino es una novedad dentro de la sociedad peruana.

Viven una transformación.

-Perú es un país en ebullición, con lo bueno y lo malo, lo caótico y lo ordenado, con lo viejo y lo nuevo mezclados de maneras desconcertantes que a veces nos producen inseguridad, pero hay que aprender a convivir con ellas.

Usted que se dedica a las políticas de lucha contra la pobreza, ¿aprecia avances significativos?

-Se está avanzando, sin duda. En los últimos 20 años se ha reducido la pobreza económica y ha subido el poder adquisitivo, eso es incuestionable, pero simultáneamente en otras dimensiones de la vida se está empeorando. Por ejemplo en la inseguridad ciudadana, en el riesgo de caer en situaciones de violencia por la delincuencia que se expande acompañando el progreso económico. Así que no todo mejora en simultáneo y también hay que reconocer que las distancias económicas entre las personas son muy grandes y muy resistentes al progreso.

¿Es un crecimiento problemático?

-Ese progreso económico que consideramos conveniente e importante también puede ser una fuente de conflicto, porque las expectativas aumentan, la gente es más consciente de sus derechos, hay más escolaridad, más urbanización, más participación de la mujer… Todo esto lleva a que la consciencia de la propia valía de las personas aumente de manera no proporcional a lo que la sociedad le ofrece en términos de apoyo y reconocimiento. Se generan tensiones que no son resultado del retraso y del pasado, sino que son tensiones del avance.

Acuerdo Nacional, la institución de la que es secretario, parece un buen instrumento para resolver muchos de los problemas que señala.

-Sí, es una institución bastante representativa, podría decirse que la más representativa de la sociedad organizada del país. Uno de los méritos de esa institución, que ya tiene doce años, es que elabora políticas de Estado con la pretensión de que trasciendan a los gobiernos, trabaja a largo plazo y sus propuestas se aprueban por consenso, no por mayoría, sino que tiene que haber unanimidad. Eso lo convierte en una herramienta bastante legitimada, aunque sus propuestas no son vinculantes. Pero no hay que exagerar, Acuerdo Nacional no es el mecanismo de gobierno del Perú, nada más lejos de eso, pero sí es un acompañante desde el proceso democrático y un foro de respeto mutuo y reconocimiento de los interlocutores legítimos y respetables.

Fuente: Deia

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